En esta ciudad sufrimos nuestro chine particular. Nuestros deseos de cama y ducha caliente, para nuestros maltrechos cuerpos, se vieron truncados una y otra vez. La temporada baja deja desierta la isla ¡Para bien y para mal! Encontrar un albergue, camping y/o hotel barato se convirtió en una misión harta imposible. Este fracaso lo mitigamos con una buena bigotada en un restaurante de Calvi degustando los platos típicos de la isla (principalmente jabalí en todas sus versiones)
El último día lo dedicamos en trasladarnos a Ajaccio, desde donde debíamos tomar el ferry esa noche. No dio para mucho la capital corsa, ya que llegamos al atardecer. Un paseo, unas compras, y la última cerveza, fueron el colofón a este viaje tan intenso. Chao Corsica!
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